La propiedad no lo es todo

En el ámbito de los negocios, como en el de la vida privada, nos inclinamos a pensar que tener el mayor número de propiedades es sinónimo de éxito. Quien posee una casa, un automóvil o un sofisticado equipo de cómputo se considera más próspero o con una situación financiera más estable que quien renta este tipo de bienes.

Sin embargo, el análisis pormenorizado de cada caso nos muestra que ser propietario no siempre resulta la situación más conveniente. Al adquirir una propiedad también se contraen responsabilidades; no sólo en lo que se refiere al mantenimiento y los servicios que ésta requiere, sino también en cuanto a los impuestos y otros costos que pudiera generar.

El dueño de una casa, por ejemplo, debe cubrir la cuota del predial, además de todos los servicios indispensables para vivir en ella y el mantenimiento de la misma. Si quiere alquilarla y convertirla en su fuente de ingresos, debe conservarla en un óptimo estado; pues así como el propietario exigirá que los inquilinos paguen puntualmente, estos también podrán plantear sus exigencias respecto a las condiciones del lugar por el que pagan.

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No obstante, hay casos en los que asumir todos los gastos y responsabilidades generados por la propiedad vale la pena, pues el valor que se obtiene a cambio es mayor. En el ejemplo de la casa, estamos ante un tipo de bien que no se deprecia con el tiempo; al contrario, puede incrementar su valor. Si se trata del lugar en el que vivimos, siempre nos ofrecerá una garantía de protección y seguridad, tanto a nosotros como a nuestra familia.

Si compramos el lugar para remodelarlo y revenderlo, y además cuidamos que la ubicación sea en un lugar de alta plusvalía, no sólo tendremos la posibilidad de recuperar la inversión, sino que además podemos esperar una buena ganancia. Lo mismo sucede si optamos por rentar la propiedad.

Pero con otro tipo de bienes, como automóviles, maquinarias o equipos para la producción, sucede algo distinto. Seguramente hemos escuchado que los autos comienzan a devaluarse desde el momento en que los sacamos de la agencia, pues empezamos a consumir su kilometraje y además, el día que conducimos por primera vez nuestro flamante auto nuevo, el fabricante ya está por lanzar el modelo siguiente, con algún detalle innovador y por un precio que no será mucho mayor al que nosotros pagamos.

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Lo mismo pasa con ciertos tipos de maquinarias y equipos, que no son necesariamente baratos. El comprarlos puede suponer una enorme inversión y todo para que dentro de uno o dos años, las innovaciones tecnológicas hagan que el modelo sea obsoleto. En casos semejantes, los beneficios que se obtienen al ser propietarios no compensan las inversiones que se deben hacer a mediano y largo plazo. Por eso es que muchas personas, cuando necesitan de tales bienes, optan por la renta.

Actualmente, tanto las empresas como los particulares comienzan a optar por una modalidad que combina los beneficios de la compra con los de la renta. Me refiero al leasing o arrendamiento puro. Este sistema permite arrendar vehículos, maquinaria o inmuebles, evitando las responsabilidades y compromisos que se adquieren al comprar, pero con algunas ventajas que no se tienen con las rentas convencionales.

Los contratos de leasing son, generalmente, a largo plazo; los pagos son deducibles de impuestos para las personas físicas con actividad empresarial; en la mayoría de los casos, existe la opción de compra al término del contrato; y si la empresa o el particular ya no harán uso del bien alquilado, simplemente optan por no renovar el contrato.

La propiedad no lo es todo y para quien se propone hacer un manejo inteligente de sus finanzas, modalidades como el leasing pueden ser la mejor opción.